
La dulzura y la miel del noviazgo es una de las experiencias más bellas que Dios diseñó. Esos abrazos, esas lúcidas frases y expresiones que entre ellos se dicen, esos sinceros ¡TE AMO! salidos del alma que cada cinco minutos se dicen, esas miradas en las cuales ambos quedan perdidos y esos ratos que pasan juntos son los más felices en la vida de los dos, porque surten un efecto inigualable.
Son estas experiencias románticas las que entre otras cosas, incentivan a los novios a pensar seriamente en el matrimonio, porque se dan cuenta que ya no pueden vivir más tiempo separados.
Entonces llega el matrimonio, y durante el primer año, el esposo sigue siendo romántico, atento y muy caballeroso. La esposa también lo es, trata de atenderlo bien, se pone bonita para él, etc.
Pero el tiempo pasa, y con el tiempo también pasa algo que yo mismo no me explíco, quizás porque soy muy ingénuo o porque aun no soy casado, y lo que sucede es que la llama del flameante romanticismo que de novios se tenían, se apaga en el matrimonio.
Él llega a la casa después de su jornada de trabajo y ya no le lleva flores, chocolates, ni le recita un poema épico, ya no le da un beso, ni le dice con entusiasmo: ¡TE AMO! se quita la ropa de trabajo, se pone cómodo y se dirige a su lugar preferido: EL SILLÓN, y si acaso él le dirige la palabra a su esposa, puedo resumir lo que le dice con las siguientes dos frases únicas, no más:
-¿Dónde está el control del TV?
-Ya tengo hambre.
La esposa en reciprocidad también actua así (y esto aunque se sabe que las mujeres son mucho más emotivas que el hombre), ya no le emociona el momento en que él llegará a casa, ya no le apasiona el hecho de tomarle de la mano, ya no se pone nerviosa cuando él le dice: ¡TE AMO! ya no le entusiasman los besos; parece ser que estas son cosas del pasado que promete no regresar.
Es duro aceptar esta realidad, pero no la podemos obviar, todo apunta a que cuando llega el matrimonio, el combustible que mantiene encendida la llama del romanticismo se acaba, y es por esa razón que el noviazgo se recuerda como la etapa más dulce del amor que se tienen.
Pero no nos equivoquemos, porque el matrimonio debe ser la etapa del amor en la cual, la llama del romanticismo se avive cada día más.
Es increíble pero cierto, que aquellos novios que un día se juraron amor eterno, hoy como esposos pasen peleando por cosas triviales. Y esto es algo que no comprendo como lo dije anteriormente, y no estoy para entenderlo, pero sí para aprovechar este blog y aconsejar:
Aconsejar a los esposos que si hacen una autocrítica del matrimonio que tienen y se dan cuenta que se les apagó hace bastante rato la llama del romanticismo, que todavía es tiempo de volverla a encender, llevándole flores, chocolates y recitándole un poema romántico a la esposa, mirarla fijamente y decirle con el alma: ¡TE AMO!
Son cosas que parecen muy anodinas, pero que doy garantía de que pueden salvar al matrimonio.
Y aconsejar también a los no casados, que cuando se casen, procuren mantener viva la llama del romanticismo.
Y para aquellos que opinan que lo que estoy diciendo no es bíblico, les invito a leer El Cantar de los Cantares, que es un libro dedicado a esto tan importante que es el
romanticismo. Y si Jesús se muestra romántico con la iglesia en ese libro, deberíamos aprender de él porque es el maestro por excelencia.